Fig. 4: “L’Huomo di Vitruvio” y la Sección Aurea (Trazado: © Josep Gonzàlez) Leonardo, al igual que sus coetáneos que investiga y aporta una nueva visión al texto de Vitrubio, del cual no nos ha llegado dibujo o esquema gráfico alguno. Une el círculo con el cuadrado, pero a diferencia de Alberti y otros, no lo centra en el sexo del hombre, como el cuadrado, sino que lo desplaza hacia el ombligo, justamente allá en donde se cumple la proporción más celebrada. Y con una relación 5/3 (1,66666…), es decir, la aproximación al uso del número de oro (1,618033…) rescata una dicotomía conocida desde la antigüedad y es “la cuadratura del círculo”, esto es, la rectificación de lo celeste, circulo, en lo terreno, cuadrado. Para ello intenta interpolar toda la matemática por el conocida y siguiendo al Arquitecto romano, traza uno de los dibujos más celebrados por la historia del arte. Pero su uso le viene de los arquitectos que pertenecen al antiguo voto de silencio. Utiliza el mismo Canon invisible que gobierna el esplendor de lo bello, y que contiene esa Divina Luminitas del pentalfa. Y estudia uno de los sistemas visuales y estéticos más importante de la antigüedad, el de la Proporción, que los griegos llamaban analogía (αναλογíα), concepto que como bien expresan las raíces de la palabra, significan relación y logos. Esto es, la Razón, primera y última, que diría Kant, el Pater-Cronos, o Saturno epicíclico, que es en definitiva la Episteme (ἐπιστήμη) del Logos. Sin adentrarnos en las raíces antediluvianas del número y la proporción, el Logos se manifiesta como una relátio, entre lo invisible y lo visible. Es decir, una relación entre los mundos, en todos sus sentidos y dimensiones. Esta puerta que une lo celeste con lo material, lo sacro con lo profano, se reduce a un número irracional que tanto los egipcios como los griegos conocían, no por su guarismo aritmético si no por su geometría y por el hilemorfismo (del griego Hile [ὕλη], materia y morphos [μορφή] forma) que provoca esa capacidad armónica entre lo carnal y lo espiritual, entre la materia y la forma, concepto aristotélico que la escolástica de la edad media restringió al rango de orden y figura. El lenguaje de esta relación es la matemática, que parafraseando a Platón es Geometría, es decir, lenguaje de Dios. Sin embargo, es la arquitectura del Medievo quien guarda encriptado en su “Arte Real” los aforismos geométricos y místicos del Número de Oro, al cual me atrevería a calificarlo de órfico, y en cuyo hermetismo se encuentran los principios básicos de la creación. Pues toda obra sacra, antes de ser edificada, ha sido pensamiento edilicio, forjado por un espíritu cuya entidad impregna todos los recursos constructivos y figurativos que la harán posible. Este espíritu fundamenta no solo lo construido y ordenado materialmente, si no que fecunda el Alma, que es dadora de vida, siendo capaz de generar tanto la Casa de Dios como la de los hombres y construyendo sobre la faz terrestre tanto para vivos como para muertos. Y lejos de toda definición moderna, esquiva de aquellos atributos que quieren que la arquitectura sea funcional y a un tiempo bella, o que la sitúan a medio camino entre lo semiótico y lo simbólico para acabar convirtiéndola en ese guiño absurdo y peripatético de la “máquina para vivir” o para “habitar”, ella, la arquitectura solo existe si es emanación y materialización del Verbo creador. Y su hierofante, el arquitecto, es, o mejor dicho, fue médium y rabdomante, heredero de aquel sacerdocio que sabía comprender las fuerzas de la naturaleza, obrando según sus leyes, sin deshonrar el orden de la diosa Madre, la Naturaleza y canalizando las inmensas y poliorcéticas fuerzas que fraguan la materia prima en su atanor. Porque construir es un acto taumatúrgico y significa “crear juntos”, es decir, “unir” los mundos. Por ello es, antes que una ciencia de la materia, una presciencia de lo inmaterial. Y Precisamente lo inmaterial, la fecunda de ese aurea radiante que impele por doquiera que nos encontremos con sus obras. Véanse, por ejemplo, las catedrales, las primeras concebidas con el estilo cruzado, dual y angélico del gótico. Gótico y por antonomasia Goético, pues es el espíritu quien empuja a la materia a replegarse abriéndose a la Luz y elevando sus atalayas hacia los cielos. También aquí y especialmente en la concepción de la traza inicial del edificio, el número de Oro llega a bordar las partes maestras que son estructura simbólica del acto de fundación (Fig.1-5-6). Saint Denis, Chartres, Notre Dame de París, Reims o Amiens, Catedrales de la victoria sobre el caos de la dualidad, substituyen la palabra y la topología clásicas por la Geometría que es Luz omnisciente. Y sus maestros, masones operativos desconocidos, sumidos en aquel espíritu de la escolástica en que el Trivium y el Quatrivium organizaban no solo el culto si no la mirada de los excelentes vitreaux, esos lienzos diamantinos, preñados del Color y la Luz de redención, que parecen recordarnos aquellas palabras de Aristóteles: “lo que importa es la obra y no los artífices”
ARQUITECTURA DIVINA
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