Fig. 1: Sección de la nave central. Catedral de Reims. Trazado armónico “Ad Pentagonum”
(Trazado: © Josep Gonzàlez)
“... hubo un tiempo en la llamada Edad Media en el que el ser humano
se supo capaz de poder emular la grandeza de la Creación, y eso fue
posible porque unos cuantos iluminados encontraron la armonía de la
proporción gracias a una simple relación matemática a la que llamaron el
número de Dios.”
El número de Dios
José Luis Corral
En
la
historia
de
las
Ideas,
como
en
aquella
del
Arte,
la
búsqueda
de
la
armonía
y
de
los
patrones
geométricos
que
gobiernan
lo
Bello,
ha
sido
y
sigue
siendo
el
“Leitmotiv”
de
gran
parte
de
la
especulación
artística.
Es
una
preocupación
ontológica
que
arrastra
al
hombre
a
buscar
y
descubrir
la compleja tesitura que construye y constituye el “Mundo”.
Durante
generaciones
y
desde
que
el
vástago
primigenio
salió
de
las
cavernas,
el
hombre
ha
contado,
reunido
y
seriado
consciente
e
inconscientemente
los
ritmos
de
la
naturaleza.
Y
emulando
a
los
Dioses,
ha
construido,
a
su
imagen
y
semejanza,
evocaciones
del
Logos.
Ha
edificado
Arquitecturas
que
antes
de
ser
de
piedra
han
sido
manifestación
de
ese
pulso
antiguo
y
saturnal
que
gobierna
el
orden
universal
de
las
cosas.
De
ahí
que
a
través
de
los
tiempos
la
humanidad
haya
descubierto
herramientas
físicas
y
metafísicas,
como
la
matemática
y
el
número.
Y
que
mediante
ellas
desarrollase
la
poderosa
aquiescencia
divina
de
la
Geometría, también llamada el lenguaje de Dios.
Porque,
¿Qué
es
lo
divino
sino
Geometría?
Y
es
a
través
de
esta
especulación
sobre
el
orden
invisible
que
genera
la
naturaleza,
que
la
arquitectura
de
lo
“bello”
se
materializa.
“Lo
Bello
es
esplendor
de
lo
Verdadero”
nos
dice
Platón,
y
asevera
que
la
sustancia
que
genera
todas
las
cosas
nos
habla
con
el
lenguaje
de
la
geometría,
y
podríamos
inferir,
la
“Razón”.
Porque
es
mediante
la
“proporción”,
que
es
razón
y
analogía
entre
números
que
lo
inteligible
se
nos
manifiesta
como
una
beldad
moral
trascendente:
“…conferimos
a
las
ciencias
matemáticas
el
poder
dialéctico
de
ascender
de
la
caverna
a
la
luz,
de
lo
visible
a
lo
inteligible,
de
los
sentidos
a
la
esencia
por
medio
de
la
inteligencia.
Por
estas
artes
puede
elevarse
la
mejor
parte
del
alma
a
la
contemplación
del
mejor
de
los
seres: el Bien” (Platón, La República).
De
igual
manera
para
Aristóteles,
la
belleza,
que
es
manifestación
de
un
bien
moral
y
trascendente,
consistía
en
magnitud
(μέγεθος)
y
orden
(τάξις).
Y
este
orden,
o
“Táxis”,
es
el
que
rige
la
forma,
que
es
apariencia
de
las
cosas
y
en
el
que
se
encuentran
las
proporciones
perfectas,
mediante
la
justa
medida,
y
la
simetría,
o,
mejor
dicho,
la
analogía:
“...Por
su
parte,
las
formas
supremas
de
la
Belleza
son
el
orden,
la
proporción
y
la
magnitud,
que
las
ciencias
matemáticas
manifiestan
en
alto
grado
(Aristóteles,
Metafísica).
Es
decir,
la
Armonía,
que
es
relación
universal
entre
las
partes
y
el
Todo.
Y
como
nos
recuerda
Platón:
“...es
imposible
combinar
dos
cosas
sin
una
tercera,
hace
falta
una
relación
(Razón)
entre
ellas
que
las
ensamble.
La
mejor
ligazón
para
esta
relación
es
el
Todo”.
Y
la
relación
por
antonomasia
que
nos
habla
del
Todo
es
la
“Sección
Aurea”
o
“Divina
Proporción”.
Una
relación
sublime
a
cuyo
cociente
se
le
dio
precisamente
el
nombre
de
Tomé,
es
decir,
Sección,
(τομή)
por
lo
que
su
primera
letra
fue
la
τ
o
Tau
griega,
que
curiosamente
utiliza
un
signo
idéntico
al
ideograma
egipcio
reservado
para
el
concepto
cielo,
o
techo,
figurado
por
un
dintel
soportado
por
una
pilastra en forma de T.
Así,
a
aquel
número
divino,
numeralmente
indesignable
por
ser
irracional,
que
tenía
la
cara
propiedad
de
armonizar
las
partes
de
las
cosas
entre
sí
y
guardar
la
misma
proporción
entre
estas
y
el
Todo,
se
le
reconoció
básicamente
por
su
descripción
geométrica
y
por
sus
excelsas
propiedades
de
crecimiento
homotético
e
infinito.
Este
número
es
el
que
a
principios
del
s.
XX
el
matemático
Mark
Barr
(Sir
Theodore
Andrea
Cook,
The
Curves
of
Live,
1914.)
rebautizará
como
Fí,
φ,
en
honor
de
Fidias,
el
insigne
autor
de
las
esculturas
del
Partenón,
y
que
la
mayoría
la
conocemos
por
el
nombre
dado
por
el
sabio
franciscano,
amigo
de
Leonardo
Da
Vinci,
Luca
Pacioli:
“La
Divina
Proporción”
(Fray
Luca
Bartolomeo de Pacioli, “De Divina Proportione” 1496.)
Esta
proporción
cuenta
con
incontables
epítetos
y
calificativos
que
la
describen
a
lo
largo
de
la
historia
como
aquella
proeza
inefable
fruto
de
la
matemática
y
el
simbolismo
puro.
Su
fuerza
reside
en
su
inagotable
voluntad
de
crecimiento,
de
generación
auto
mórfica,
exacta
y
pulcra
a
sí
misma,
capaz
de
evocar
siempre
proporciones
repletas
de
belleza
inmaterial e infinita.
ARQUITECTURA DIVINA
EL NÚMERO DE DIOS
Josep González García Medievalist Architect, MM.·.
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